La cuenta regresiva ha entrado en su fase crítica. A menos de 100 días para que ruede el balón en Norteamérica, el Mundial 2026 presenta una dualidad sin precedentes: una demanda de boletos que supera 30 veces la oferta y, al mismo tiempo, un clima de tensión internacional que hace que muchos aficionados se replanteen su viaje.
A pesar de que ya se han vendido casi dos millones de entradas, el evento se enfrenta a un «cóctel» de factores externos: la escalada militar entre Estados Unidos e Irán, las estrictas políticas migratorias del ICE y la violencia en sedes mexicanas como Guadalajara.
¿Un Mundial para las élites?
El factor económico es la queja principal de las asociaciones de aficionados. El modelo de negocio de esta edición ha disparado los presupuestos de viaje a niveles prohibitivos:
En EE. UU. y Canadá, el mercado secundario es legal, lo que ha permitido aumentos de más del 200% sobre el valor nominal de los tickets.
Al disputarse en 16 ciudades de tres países distintos, los gastos de traslado y hospedaje se triplican.
Grupos de aficionados europeos, como Les Baroudeurs du Sport, reportan que solo el 25% de sus miembros podrá asistir debido a los costos, calificando el torneo como «elitista».






