Un disco de vidrio podría guardar toda la información mundial

En 1999, el investigador Peter Kazansky visitó un laboratorio en la Universidad de Kioto y observó algo que no debería ser posible: la luz rebotando dentro de un vidrio de una forma que «parecía desafiar las leyes de la física». Lo que encontró fue la semilla de lo que hoy llama «cristales de memoria»: discos de vidrio capaces de almacenar hasta 360 terabytes de información de forma prácticamente permanente, sin consumir energía para mantenerla.

Veintisiete años después, Kazansky —profesor de optoelectrónica en la Universidad de Southampton— fundó la empresa SPhotonix para comercializar su invento y completó una ronda de financiación de 4,5 millones de dólares en 2024. La tecnología podría llegar a los primeros centros de datos en los próximos años.

El problema que hace urgente la solución

Para 2028, la humanidad generará colectivamente 394 billones de zettabytes de información al año, según la empresa de análisis IDC. Un zettabyte equivale a un billón de gigabytes. Toda esa información necesita ser almacenada en algún lugar físico, y ese lugar tiene un costo enorme: los centros de datos ya representan el 1,5% de la demanda eléctrica mundial y se proyecta que su consumo se duplique para 2030, momento en que podrían generar el equivalente al 40% de todas las emisiones anuales de Estados Unidos.

Hasta un 80% de los datos que existen son «datos fríos»: información que nadie necesita de inmediato —registros financieros, copias de seguridad, archivos históricos— pero que igual debe almacenarse de forma accesible. Para esos datos es donde los cristales de memoria y el ADN se presentan como alternativas revolucionarias.

Cómo funcionan los cristales de memoria

El método de Kazansky utiliza láseres de femtosegundos —que emiten un pulso de luz cada cuatrillonésima de segundo— para crear nanoestructuras dentro del vidrio de sílice. Estas estructuras, mil veces más pequeñas que el grosor de un cabello humano, modifican la forma en que la luz viaja a través del material y permiten codificar datos en cinco dimensiones: orientación, intensidad y ubicación tridimensional de cada punto de información.

Para leer los datos se usa un microscopio óptico especializado que detecta los cambios de polarización de la luz. La energía solo se necesita para escribir; mantener y leer los datos no requiere consumo adicional. Y el material —vidrio de sílice fundido— puede durar, según Kazansky, esencialmente para siempre.

En febrero de 2026, Microsoft publicó un artículo en la revista Nature detallando un avance propio: logró almacenar datos en vidrio de borosilicato —el mismo de los utensilios de cocina— con una durabilidad proyectada de 10.000 años y a un costo mucho menor que el sílice estándar.

La alternativa del ADN

Paralelamente, científicos y empresas como Microsoft exploran el almacenamiento de datos en ADN, cuya densidad es extraordinaria: un solo gramo podría contener teóricamente hasta 215 petabytes de información —un petabyte equivale a un millón de gigabytes— durante miles de años, sin necesidad de refrigeración.

El proceso convierte los datos digitales en las cuatro bases del ADN (A, T, C y G), que se sintetizan y almacenan físicamente. Thomas Heinis, profesor del Imperial College London, explica que el principal obstáculo sigue siendo el costo de síntesis: «Una vez que sea lo suficientemente barato, todo lo demás encajará». Una ventaja clave del ADN frente al vidrio es que siempre habrá dispositivos capaces de leerlo, dadas sus amplias aplicaciones médicas.

Los límites de las nuevas tecnologías

Tania Malik, de la Universidad Tecnológica de Dublín, advierte que ninguna de estas soluciones reemplazará al almacenamiento convencional para tareas cotidianas o cargas de trabajo de inteligencia artificial «en un futuro cercano». Su adopción enfrenta barreras de compatibilidad con la infraestructura existente y costos aún elevados.

Malik señala que, mientras llegan esas soluciones, hay cambios más inmediatos posibles: procesadores más eficientes, refrigeración líquida y, sobre todo, una pregunta que pocas veces se formula: ¿realmente necesitamos conservar todos los datos que producimos?

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