Zulianos conmemoran 172 años de la siembra de Simón Rodríguez: El maestro de la libertad

Estatua de Simón Rodríguez en la ciudad venezolana de Barcelona.

El mentor del Libertador falleció en Perú tras dedicar su vida a la educación popular y a la creación de un pensamiento original para las nuevas repúblicas.

El pasado 28 de febrero, Venezuela y los pueblos de la América meridional conmemoraron los 172 años del paso a la inmortalidad de Simón Rodríguez, el «Sócrates de Caracas». Conocido también por su seudónimo Samuel Robinson, Rodríguez no solo fue el guía intelectual de Simón Bolívar, sino el visionario que sentó las bases de una pedagogía social orientada a la producción y la inclusión ciudadana.

Tras la independencia, Rodríguez se negó a vivir de las glorias pasadas. Mientras muchos buscaban cargos burocráticos, él se dedicó a recorrer el continente —desde Colombia hasta Chile— impulsando su proyecto de «Escuelas Modelos». En estos espacios, el maestro integraba el estudio con el trabajo manual, convencido de que para ser libres primero debíamos «colonizar nuestras propias mentes».

Los últimos años de Robinson: «O inventamos, o erramos»

Después de su regreso a América en 1823, Rodríguez intentó materializar su sueño educativo en Bolivia junto a Bolívar, pero la incomprensión de las élites de la época dificultó su labor. Pasó sus últimos años entre Ecuador y Perú, viviendo con una humildad extrema y ganándose la vida, en ocasiones, fabricando velas, mientras seguía escribiendo sus obras más brillantes, como Sociedades Americanas.

Simón Rodríguez falleció el 28 de febrero de 1854, a los 84 años, en la localidad de Amotape, Perú, víctima de una fuerte inflamación pulmonar que se agravó por las precarias condiciones de su viaje. Sus restos permanecieron en Perú hasta que en 1954 fueron repatriados a Venezuela y hoy descansan en el Panteón Nacional en Caracas, junto a su discípulo más célebre.

Legado en el Zulia y la educación actual

Para el estado Zulia, el pensamiento robinsoniano sigue vigente en las aulas de clase y en los proyectos de formación técnica. Su máxima «O inventamos, o erramos» resuena hoy como un llamado a la soberanía tecnológica y cultural. La conmemoración de su siembra invita a la comunidad educativa a reflexionar sobre la importancia de una formación que enseñe a pensar y no solo a obedecer.

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